Del lobo un pelo y de Bad Bunny otro gesto cuestionador. Apuntémosle el golpeteo. No es que sea la "Revolución”, no, pero tampoco resultó estéril su pretensión. Ni hay que negarle, de tajo, sus potencialidades para abrir fisuras, o para articularse con otras “revoluciones moleculares”, dentro y fuera de las entrañas del “monstruo”. Fue un impulso a contracorriente que molestó a Trump, y ya eso para muchos basta. Con un sentido contrario al que propalan desde el suprematismo blanco y anglosajón.
Fue un tazón de denuncias, reinvidicativo de la minoría “latina” dentro de las minorías de inmigrantes acosada por ICE; con contenidos potencialmente aglutinantes para diversas resistencias contra los poderes que el magnate naranja representa. Y más solidario y cuestionador que el de muchas estrellas de la música urbana, latina y mainstream, que no arriesgan su fama por el bienestar de su gente, que no se atreven a ponerse el chaleco antifascista y antibalas que portó el de Vega Baja.
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Consiguió un alcance que no hubiese tenido cualquier otro activista. Con un mensaje más reivindicativo que lo quisieran los de Rimas Entertaiment y la Sony.
Fue un impulso loable, para avivar el llamado “orgullo latino” y plantar la bandera de la convivencia. Aunque un fluir controlado, gaseosamente servido, tecnológicamente modelado. Necesario y en el sentido correcto, pero limitado en sus alcances y trascendencia real en la vida de los que se sintieron representados por elegido de la NFL. Por quien, por boricua, es ciudadano estadounidense y, por “famoso”, está más protegido frente a la violencia sistémica. Los propiciadores de esos 13 minutos, tienen muy claros sus intereses.
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Finalmente, tal cual lo anunció, el menú fue servido en español, en el de Tego Calderón más que en el de Cervantes. Salvo el “my mother land” y el “God bless América”, con todo el peso de su historicidad, invistiendo campañas políticas y celebraciones oficiales del imperio cultural. Más aplastante que el intento de Bad Bunny de moverla hacia la fraternidad.
Si se supiera que la frase, es el fragmento de una canción creada durante la I Guerra Mundial por un inmigrante ruso de origen judío. Israel Baline, más conocido como Irving Berlin, había llegado a los EE UU en 1893, con solo 5 años, separado de sus padres y mantenido junto a sus siete hermanos, hasta que autorizaron a la familia a ingresar el país. Desde los 13 años se ganaba el pan como cantante callejero y camarero en un café de Chinatown.
Tampoco se rememora, que después de hacerse popular su canción, ya resignificada, por 1940, durante un mitin público organizado por el Kku Klux Klan y un grupo pronazi, se pidió hacer un boicot contra el autor. Se cuestionaban los fascistas que un judío inmigrante se atreviera a pedir que Dios bendijera a Estados Unidos.
Reacción equivalente a la generó su interpretación por Marc Antthony durante el Juego de las Estrellas de 2013: “¿Cómo escogieron a un mexicano para cantar God Bless America?”.
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El de Bad Bunny fue un Tazón Latino con exótico sabor boricua. “La Casita” en medio de los campos de caña de azúcar, con Cardi B, Pedro Pascal, Karol G y Jessica Alba, entre otras celebridades. Un collage, más bien un chorro de viñetas folclóricas, boxeadores, mesitas de dominó, salones de uñas, barberías, un puesto de piraguas…
Para el cronista argentino Martín Caparrós, autor del ensayo “Ñamérica”, la presentación de Bad Bunny retomaba todos los lugares comunes norteamericanos sobre los latinos: “Cañeros, culos de mulata, mano en la verga, viejos en la plaza. A mí me sonó como reivindicar a España con toreros, sevillanas y procesiones. América Latina es otra cosa, creo”.
Sin embargo, comparto con Santiago Cembrano que “podemos reflexionar sobre la correspondencia entre el relato de Bad Bunny con los estereotipos exóticos de América Latina, pero no podemos omitir que DeBÍ TiRAR MáS FOToS funciona como un relato específico, sí, pero abierto para que cada comunidad lo defina. Los que quieren una única definición de América, una representación y una identidad fijas, son, precisamente, Trump y los trumpistas.
La propuesta estructuralmente balanceada. Como resultante de la buena voluntad de Benito y de los intereses de los demás productores y patrocinadores. El flujo de i-dentidades entrecortado por máquinas trade marks. Los signos gravitando en la telaraña hegemónica, adquiriendo su significación o valor, en función de la totalidad del sistema, de todo el bowl y todo el “Capitalismo Mundialmente Integrado”.
Bad Bunny no utilizó ninguna marca de ropa lujosa. Vistió un diseño de la marca española Zara. Pero un traje como los de la NFL, del futbol de los gringos.
Comenzó con perreo, con lo que se hizo-lo hicieron- marca global, con “Tití me preguntó”, “Yo perreo sola” y “VOY A LLeVARTE PA PR”, de su último disco como “EoO” que le dio pie a expresar: “Están escuchando música de Puerto Rico, de los barrios y los caseríos”.
Luego, cuando parecía que estaba por allá, en la isla, lo vemos en un “BAILE INoLVIDABLE” con la estrella estadounidense Lady Gaga y en “NuevaYol”, en los barrios latinos de “La Gan Manzana”, recibiendo un shot de Toñita, cuyo bar en Brooklyn es como un refugio para los latinoamericanos. “¿Cómo Bad Bunny va a ser rey del pop / Con reggaetón y dembow?”, se preguntó risueño.
Y justamente a un ícono del “Pop Latino”, a Ricky Martin, le asignaron cantar en “LO QUE LE PASÓ A HAWAii”, la segunda dosis musical de denuncia, sobre la segunda colonización que sufre la isla.
Precisamente, por una marca musical que el imperio cultural instrumentalizó a finales de la década de los 1990, para implementar el “marqueting de la diversidad”, tal cual lo describe Naomi Klein en su libro No Logo. En vez de venderle Estados Unidos al mundo, se propone el “Sabor del arcoíris”; con condimentos como los del exmenudo,: “una mezcla bilingüe de Norte y Sur, algo de latino y algo de R&B, con letras y canciones que celebran la fiesta mundial.
Las denuncias machimbreadas. Sube cantar “El Apagón” a un poste de la luz, para aludir los merosos cortes de luz que sufren en Puerto Rico. Empuña como bandera la del triángulo celeste, la asociada al movimiento independentista; pero, ¿podríamos asegurar que todos lo percibieron que tal detalle connotaron? Le entrega a un niño que se encontraba viendo la gala el Grammy que había ganado días antes. Pretendido homenaje a Liam López, detenido en Minnesota por los hordas del ICE y trasladado junto a su padre a un centro de detención en Dilley, Texas. Más, el objeto entregado, el símbolo dorado, no es latino, sino estadounidense. O será un homenaje al propio “ Conejo Malo” por su éxito musical, legitimado por la Academia?
En tal estructura, la imagen del ídolo pop, es tan o más importante que sus canciones. La puntual recepción de un discurso crítico no puede escaparse de su historicidad, de su devenir “famoso”; de su trayectoria como marca, en sinergia con otras tantas. Sus adoradores no solo consumen su música, y su instantánea rebeldía, consumen un estilo de vida, una estética y una narrativa de celebridad, una máscara mediatizada. Su discurso queda lastrado por la “conciencia práctica”.
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Todo entrampado en el nivel de territorializacion subjetiva que le conviene a los poderosos. En un nivel etnocéntrico y logocéntrico de estratificaciones que encartonan y encuadran a los procesos de singularización que en el espectáculo fueron enarbolados. En el que se clasifican o etiquetan a los sujetos y a las actividades más rentables al sistema de jerarquización, según ciertas referencias o categorías funcionales a ese sistema. Así a los éxitos, como Bad Bunny Y Ricky, Karol G y Lady Gaga. Como a los millones de perdedores, con nombres sin relevancia.
Y según una axiomática de exclusión, inventada para la conformación de la fuerza colectiva de trabajo y la “fuerza colectiva de control social”. Que marca con estigmas a los desechables, como “negros” o “latinos”, o “narcoterroristas” de “países de mierda”. Para, separar y privilegiar; para el ordenamiento que asegure la acumulación maximizada del capital, en las manos elegidas para señalar y abofetear, firmar decretos y manosear adolescentes.

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