Voy por la acera a pleno mediodía y a la misma velocidad de mis pensamientos: el trabajo que propondré en el consejo editorial, las benditas vacaciones que no acaban de llegar, que mañana tengo que comprar en la placita, que ojalá a los niños se les quite el catarro pronto...
Hasta que la voz mínima de una anciana me detiene: “Mi’jita, ¿me ayudas a cruzar”. “Claro que sí, señora”, le contesto. La tomo del brazo y me adapto al movimiento lentísimo de sus dos piernas y del bastón, a la mano que se aferra fuerte a mi brazo y en la que identifico el miedo a caer, un miedo aprendido con las experiencias.
Aún no hemos dado un paso a través de Ayestarán y la señora me dice con un dejo tremendo de amargura: “En este país no se puede ser viejo”. “Bueno, supongo que en todos los países sea difícil ser viejo”, respondo, y ella, ahora ofendida, riposta: “Yo no sé de otros países, en este los viejos no podemos vivir, en el noticiero y en los periódicos todo está bien, pero nadie tiene sensibilidad, nadie te ayuda”.
Yo no abro los labios, pero tal vez piensa que es un poca injusta conmigo y rectifica: “Tú te paraste, pero una pila de gente hace como que no te ve, no hay humanidad, y para la prensa todo está bien, todo”.
Para ese entonces, ya hemos casi sorteado Ayestarán, y yo ensayo en la mente qué decir que le sirva de consuelo a esa anciana angustiada por una cotidianidad que le pesa mucho más de lo que puede pesarme a mí, y a la que quizá no le dé aliento el trabajo que publicamos ayer mismo sobre los planes para hacer calles más amigables con los peatones, sobre todo para los ancianos e impedidos, y lo mucho que hemos repetido y criticado el mal estado de aceras y calles o el cambio fugaz de los semáforos peatonales, ni aquel otro de hace unas semanas sobre la protección de la tercera edad en el nuevo Código de las Familias.
“Y tú que estudias”, “No, yo trabajo hace rato”, “¿Me puedes llevar hasta la esquina?”, “Sí, claro”, “¿Y qué estudiaste?”, “Periodismo, y trabajo en el Granma”, “Ahhh”. Me dan ganas de sonreír ante su evidente turbación y hasta imagino el diálogo interior en el que se recrimina por andar diciendo cosas a gente que no conoce.
“Chica, pero el problema es que aquí los periodistas están muy limitados”, “A ver, ¿usted se lee el Granma”, “Sí... no… bueno, a veces”.
Y me pregunta qué hago allí y cuando le respondo, exclama: “Ah, pero eres una personalidad”, “Qué va, para nada”, y así se entera de que tengo 31 años, y dos hijos, y dice que seguro mi mamá me los cuida, y le digo que no, que mis padres viven en otra provincia, y los niños están en el círculo; y quiere saber entonces qué hago cuando se enferman, y le cuento que si no están con su papá, tengo que trabajar y cuidarlos desde la casa a la vez, y ella remata cada confesión mía con alguna sentencia popular filosófica...
Cuando llegamos a la esquina y anuncia: “Acá me quedo”, hay una suavidad nueva en su voz, aunque solo me diga “gracias”, sin ninguna otra declaración melodramática.
La veo alejarse muy lentamente, mientras espero que la luz cambie a verde, y cuando reparo en la mancha roja que ha dejado la presión de su mano en mi brazo, recuerdo un verso de Tagore que siempre me ha impresionado: “Mi edad es la de todos”.
A veces hay que detenerse, como los semáforos en rojo, y mirar. El camino siempre llega al mismo sitio. Siempre. No hay apuro.
- Consulte además: El amigo

Términos y condiciones
Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.