El 8 de junio no es una fecha cualquiera para muchas familias cubanas. Ese día, pero de 2023, la Asociación Cubana de Personas en Situación de Discapacidad Intelectual (ACPDI) dejó de ser un sueño para convertirse en una realidad con sede, estatutos y personas que ya no están solas.
Tres años pueden parecer pocos pero en el universo de la discapacidad intelectual en Cuba, ese tiempo ha sido un movimiento silencioso y profundo.
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Antes de junio de 2023, el país contaba con asociaciones para personas con discapacidad física, visual y auditiva. Faltaba una: la de las personas con discapacidad intelectual, que además constituye el grupo más numeroso. Individuos que durante mucho tiempo estuvieron representadas por otros, miradas desde fuera. Hasta que un grupo de madres y padres, cansados de esperar que la inclusión llegara sola, decidieron tomar la palabra.
La actual presidenta nacional de la ACPDI, Mayelin Oliva comenzó este camino hace más de una década, cuando su hijo Carlitos era pequeño y ella entendió que el cambio requería manos propias. Hubo reuniones en parques, bibliotecas y casas prestadas. Se realizaron seis encuentros nacionales de familias, uno incluso en plena pandemia, de forma virtual. Llegaron cartas, actividades, eventos y también respuestas que no siempre eran las esperadas. Sin embargo, cada obstáculo, como ella misma ha dicho, los hizo más fuertes.
El Grupo de Apoyo de Personas con Discapacidad Intelectual y sus Familias es uno de los antecedentes más fieles de la ACPDI.
El 8 de junio de 2023, en La Habana, la ACPDI quedó formalmente constituida. Con personalidad jurídica y patrimonio propio, la asociación puede desarrollar proyectos de inclusión social, laboral y comunitaria. Trabaja en rehabilitación comunitaria para que las personas con discapacidad intelectual adquieran autonomía e independencia.
Además, impulsa el acceso al empleo y a las nuevas tecnologías. Y uno de sus objetivos más sentidos es la creación de centros ocupacionales, espacios donde los jóvenes que han terminado la edad escolar puedan seguir activos, aprendiendo y aportando, mientras sus padres recuperan tiempo para sus propias vidas laborales. Esa última pieza es clave porque la escuela tiene un límite, pero la vida no.
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Cuando un hijo o una hija con discapacidad intelectual crece, las familias se enfrentan a una pregunta enorme: ¿y ahora qué? La ACPDI ha puesto esa pregunta sobre la mesa y empezó a construir respuestas. En Granma, por ejemplo, ya entregaron los primeros carnets oficiales que reconocen la condición y los derechos de sus afiliados. En otras provincias, los grupos gestores siguen extendiendo la red.
El camino es, sin dudas, largo y quienes lo recorren lo saben. El empleo formal para personas con discapacidad intelectual sigue siendo una meta que requiere paciencia, creatividad y alianzas. Los recursos nunca sobran y la conciencia social se construye ladrillo a ladrillo, no por decreto. Pero la ACPDI ha logrado algo que ninguna norma puede imponer: que las familias dejen de sentirse solas. Que un padre que antes cargaba con su angustia en silencio ahora tenga a quién preguntar y una madre sepa que no es la única que busca una oportunidad, un ajuste y una mirada sin lástima.
En este tercer aniversario, no se trata de decir que todo está resuelto. Se trata de reconocer que hay un camino, y que ese camino lo están trazando personas que no se rindieron, su mayoría madres y padres que convirtieron su amor en organización. Ellos no pidieron permiso para incluir, simplemente, lo hicieron.
Tres años de trabajo silencioso, puertas que se abren y otras que todavía se deben empujar con ternura y constancia. La ACPDI no es una solución mágica es una herramienta. Y las herramientas, cuando están en las manos correctas, construyen casas enteras.
Para quienes aún no saben que esta asociación existe: ya lo saben. Para quienes ya forman parte: gracias por recordarnos que la inclusión se hace cada día, en cada gestión y abrazo. La comunidad crece. Y crecer, cuando se hace junto, siempre vale la pena.

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