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martes, 2 de junio de 2026

Dailín: entre la pasión por la ganadería y el humanismo

La gente de campo despierta antes que el sol, pone a hervir el agua para el café y alista los útiles para comenzar temprano la faena. Por sobre el techo de paja en las casas de la zona se levanta el humo del fogón de leña. Hace espirales pequeñitas y asciende como si el gesto bendijera una y otra vez la llegada del amanecer...

Reynaldo Zaldívar en Exclusivo 02/06/2026
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Dailín: entre la pasión por la ganadería y el humanismo.
Dailín: entre la pasión por la ganadería y el humanismo. (Reynaldo Zaldívar / Cubahora)
La gente de campo despierta antes que el sol, pone a hervir el agua para el café y alista los útiles para comenzar temprano la faena. Por sobre el techo de paja en las casas de la zona se levanta el humo del fogón de leña. Hace espirales pequeñitas y asciende como si el gesto bendijera una y otra vez la llegada del amanecer.
 
¨Me levanto todos los días a las cuatro y media de la mañana. Llega el lechero, un trabajador que me ordeña las vacas. Él ordeña, yo hago el café, hiervo la leche para mi niño, que sale para la escuela a las seis y media de la mañana en bicicleta, para Velasco. Cuando el hombre termina de ordeñar, yo recojo los terneros, las vacas y las llevo al potrero. A la una de la tarde las recojo a todas, las llevo a la presa y las devuelvo al potrero. A las cuatro y media de la tarde vuelvo a llevarlas a la presa. El sol es fuerte y hay que mantenerlas hidratadas.
 
Cuando me mudé para esta cooperativa había un decrecimiento del ganado. El presidente, en una asamblea, dijo que tenía planificado comprar seis novillas para dárselas a alguien que las atendiera. Hay un hecho fundamental: la persona que no acepta un reto, no sabe si es capaz de hacerlo. La gente no quiso, había como un miedo a hacerlo o ya estaban ocupados en sus propias tareas. Yo las asumí. Ahora se multiplican y es un ganado bien bonito¨.
 
Dailín García Del Monte está siempre rodeada de niños y jóvenes que se acercan a oírle contar anécdotas de los vaqueros de Guabasiabo y los alrededores, pueblos cercanos a Velasco (perteneciente al municipio Gibara, Holguín) donde el campo es un tejido de ritos y tradiciones. Estas tierras son famosas por la producción de especias, plátanos y granos. Además, hay una rica cultura ganadera y de crianza de caballos. 
 
¨Vengo de una familia de ganaderos, de los García de Guabasiabo. Mi abuelo era ganadero, mi papá tiene vacas y caballos, así que puedo decirte que me viene como una tradición. La ganadería es un trabajo que se hace con amor, porque es algo de cada día. Tienes que levantarte temprano, aguantar mucho sol... te sorprende la noche o la lluvia detrás del ganado, o pare una vaca en esas horas que pensabas descansar, o hay alguna enferma y tienes que cuidarla como a un familiar, o después de un día de trabajo duro tienes que hacer guardia porque está mal la cosa con los ladrones, que no duermen para hacer daño.
 
Pero apasiona. Así como a otros les gustan los carros, ser electricistas o científicos, este es un trabajo de pasiones. Se lleva en la sangre. Yo creo que no es algo que se inculque o estudie —bueno, a lo mejor la gente lo estudia—, pero yo creo que es un amor que no se planifica o aprende: sale del corazón¨.
 
Cuentan en el poblado que Dailín es capaz de enlazar un animal que escapa a toda velocidad, hacer derribos, correr cinta…
 
¨Mi papá, desde chiquita, me decía: "Nani, coge el ternero ese, sal a la carrera". Yo cogía una soga cualquiera y le caía atrás. Y él me decía: "No, así no, tiene que revolear el lazo, el lazo no se tira recto, se tira así". Uno va cogiendo práctica. También lleva interés. Interés y práctica.
 
Cuentan que al principio de los tiempos un soplo de la luna unió las sombras del caballo y el hombre, creando un ser capaz de extender sobre el campo las alas protectoras de un pastor. Así surgió el vaquero, dos cuerpos que laten a un solo ritmo, bajo la misma identidad.
 
Mi yegua es bien grande, si no está en las siete cuartas, está cerca. Es una yegua alazana, hija de buen caballo. Es un animal de un solo dueño. No es fácil para nadie acercarse a ella, ni mi hijo. Yo voy, la cojo de día y de noche, la baño, me monto sin soga y con soga. Creo que ella “es como mi sombrero”, así decía mi abuelo. El caballo es para el vaquero extremidad y aliado¨.
 
El sol se levanta con toda la fuerza del mediodía sobre la copa del sombrero de alas curvas de la muchacha. El sol como un aguijón de fuego hace caer por su rostro algunas gotas de sudor mientras rememora sus años de universidad y las pasiones de su carrera.
 
¨Fui ocho años Trabajadora Social. Es una labor humanitaria y más que humanitaria, es una obra de amor. El Trabajador Social tiene contacto directo con la gente enferma, discapacitada, gente que carece de cosas materiales básicas; se conocen los casos más críticos de la sociedad. Te das cuenta de cosas que antes no sabías que existían, o las veías como contenidos de películas.
 
Claro, el Trabajador Social lleva una formación humanista, nos enseñaron a no llegar a una casa y salir corriendo. Hay que meterse en la raíz de la familia, buscar el motivo de sus problemas, para ayudar con conocimiento de causa; no se puede estar inventando cuando se trata del dolor de un pueblo.
 
A veces iba por la calle y preguntaba “¿hey, que tal?” y te decían, “bien, todo bien”, pero yo sabía que no estaban bien, solo era cuestión de mirar en sus ojos para saber que no estaban bien. A veces la gente se cubre con su problema, como si fuera una manta. Y el Trabajador Social es la persona que pasa debajo de esa manta y les ayuda¨.

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Reynaldo Zaldívar

Escritor y martiano. Papá de Salma.


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