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miércoles, 24 de junio de 2026

La cosecha de la resiliencia

El productor de la finca La Esperanza, dedicada al cultivo de tomate, lechuga, pepino, berenjena, ají y otras hortalizas, recuerda con asombro aquellos días de finales de octubre del 2025...

Dayron Chang Arranz, Nelson Hair Melik Marrero en Exclusivo 23/06/2026
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La cosecha de la resiliencia. Fotos: Rubén Aja
La cosecha de la resiliencia. Fotos: Rubén Aja

Cuando las aguas comenzaron a retirarse en Río Cauto, Granma, Florencio Cedeño Sánchez comprendió que el trabajo apenas empezaba. Las inundaciones habían quedado atrás, pero todavía venían por delante otros desafíos: enfermedades en los cultivos, humedad excesiva en los suelos y la urgencia de retomar labores que parecían ya superadas.

El productor de la finca La Esperanza, dedicada al cultivo de tomate, lechuga, pepino, berenjena, ají y otras hortalizas, recuerda con asombro aquellos días de finales de octubre del 2025. “La lluvia era intensa, pero nadie imaginó la magnitud de lo que estaba por venir. Quisimos recoger algunos recursos, como la turbina, y no nos dio tiempo. Tuvimos que dejarla amarrada bajo el agua. Después fue que la subimos, la revisamos, la limpiamos y le dimos mantenimiento”.

Euclides Corralis Pijuán, director de la Empresa Agroindustrial de Río Cauto, describe lo vivido como una experiencia devastadora. “Fue terrible. Apenas se podía tomar agua. Hubo que abandonar viviendas y proteger a las familias como se pudiera".

Las pérdidas fueron enormes. La humedad persistente retrasó las siembras. Las plagas aparecieron semanas después. Los animales sufrieron estrés, desnutrición e incluso enfermedades poco frecuentes. Los cultivos que sobrevivieron no alcanzaron los rendimientos habituales”, explicó.

Según señaló la ingeniera agrónoma Yurien Valdés González, jefa del Departamento de Agricultura Urbana, Suburbana y Familiar en Granma, resultaron afectados 80 organopónicos y 19 semiprotegidos, para un total de más de siete mil canteros dañados en toda la provincia. A ello se sumaron alrededor de 62 mil patios y parcelas impactados por las intensas lluvias.

Estos testimonios reflejan una realidad compartida en numerosos puntos de la geografía granmense, donde el paso del huracán Melissa dejó importantes afectaciones en la agricultura, y obligó a productores, técnicos y directivos a emprender un acelerado proceso de recuperación para devolver la producción de alimentos a los campos.

Hay que trabajar”, dice Cedeño Sánchez. "Es lo único que nos queda". Y esa frase resume el espíritu que atravesó todo el territorio suroriental en jornadas de reconstrucción de estructuras, rehabilitación de sistemas de cultivo y reanudación de las siembras. La magnitud del desastre obligó a movilizar recursos, conocimientos y voluntades.

Varios meses después, la historia de esa recuperación es también la historia de quienes decidieron volver a sembrar.

La ayuda que llegó a tiempo

Cuando todavía muchas unidades productivas intentaban calcular las pérdidas, comenzaron a llegar los primeros recursos.

Semillas, sistemas de riego, herramientas agrícolas, insumos para casas de cultivo y recursos destinados a pescadores empezaron a distribuirse en las comunidades más afectadas siete días después del paso de Melissa. Detrás de esa respuesta estuvo la articulación entre el Ministerio de la Agricultura, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y el Fondo Central de Respuesta a Emergencias.

La estrategia combinó acciones anticipatorias y medidas de recuperación, una fórmula que permitió preposicionar recursos clave, con el objetivo de respaldar la recuperación inmediata de productores y pescadores en 13 municipios de Holguín, Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo, reducir pérdidas y acelerar el retorno a la producción agrícola.

La rapidez de la respuesta es uno de los elementos más destacados por productores y directivos. En Bayamo, las donaciones comenzaron a llegar apenas una semana después del paso del huracán. "En noviembre ya estábamos recibiendo recursos", explica Rogelio Hernández Montero, director de la Empresa Municipal Agroindustrial de Bayamo. "Eso permitió que en alrededor de veinte días muchas unidades estuvieran nuevamente produciendo".

Además, se evitaron largos procesos burocráticos, pues los recursos fueron distribuidos directamente en los municipios y unidades beneficiadas, incluso mediante bicicletas y medios de tracción animal, en aras de garantizar la entrega.

Valdés González señala que, con los recursos entregados y la disposición de administradores y trabajadores, se han recuperado las unidades productivas de manera extraordinaria, favoreciendo la producción de lechuga, col china, acelga, tomate, cebollín y otras hortalizas. Incluso en diciembre de 2025 la provincia logró cumplir el plan productivo previsto para ese año.

"Esta ayuda ha sido muy importante", afirma. La primera etapa benefició a unidades productivas de Bayamo, Yara, Cauto Cristo y Jiguaní. La respuesta continuó mediante un segundo proyecto en 2026, que benefició directamente a más de 16 mil personas y permitió sembrar mil 237 hectáreas, con una producción superior a las tres mil 200 toneladas de hortalizas.

La intervención también tuvo un impacto significativo en mujeres y jóvenes vinculados a la producción de alimentos, sectores especialmente sensibles ante este tipo de eventos extremos. "Los campesinos están muy motivados a seguir produciendo para vender al consumo social y atender centros de la Salud Publica y la Educación. Esa es la razón de ser de ellos", manifestó la dirigente campesina.

En Río Cauto, Joel Cabrera, jefe de producción de la empresa municipal agroindustrial, considera que los recursos llegan en un momento clave, porque “las mochilas de fumigación que teníamos ya estaban deterioradas por el uso. Su utilización permitirá enfrentar mejor las plagas”.

La valoración es compartida por otros productores y especialistas. Alexis Sánchez Mosqueda observa una estructura cubierta por una malla en el organopónico donde trabaja. A simple vista parece un detalle menor, pero no lo es. “La malla protege los cultivos de las altas temperaturas, reduce el impacto de las lluvias intensas y mejora las condiciones de trabajo de quienes permanecemos largas horas bajo el sol”, afirma. "Esa respuesta rápida nos ayudó porque habíamos quedado en cero".

Para Cedeño el apoyo constituye un estímulo y una ayuda importante. “La agricultura no es solamente una actividad económica para mí, es prácticamente el sustento que nosotros tenemos en la casa". Por eso no contempla otra alternativa. "Esto es hasta que me muera. ¿De qué vas a vivir? Hay que trabajar. Es lo único que nos queda".

Sembrar amor

Raquel Fonseca Iglesia y Enrique Zamora Posada llevan más de 40 años casados y trabajan en el organopónico conocido como "18 Plantas". Melissa destruyó techos, alambres, tuberías y estructuras productivas. Cuando lograron reconstruirlas, una tormenta posterior volvió a provocar daños.

"De Melissa para acá todo ha sido malo. Hubiera sido fácil rendirse. No ocurrió. Nosotros luchamos", reconoce Raquel. Después, sin embargo, aparece la determinación. "Nos estamos recuperando poco a poco”. Pero ese proceso también tiene un costo humano. "Nosotros estamos acostumbrados a pagar más de 20 mil pesos cubanos a los trabajadores. Este mes nada más pudimos pagar seis mil. Aun así, nadie piensa abandonar”.

A pocos metros, Enrique observa las estructuras reconstruidas. "Melissa acabó con todo esto aquí. Pero hoy el organopónico sigue abasteciendo a la población con precios asequibles". Luego sonríe. "Trabajar con mi esposa es enriquecedor. Llevamos cuarenta años juntos y creo que hasta el fin de la vida vamos a seguir viviendo juntos".

Los frutos de la reconstrucción

El huracán Melissa no solo derribó viviendas, tendidos eléctricos y centros productivos. También puso en riesgo algo esencial para miles de familias: la capacidad de producir alimentos y sostener sus medios de vida.

Ocho meses después del ciclón, Cedeño vuelve a recorrer los surcos de La Esperanza. Allí donde el agua cubrió los cultivos, hoy crecen nuevamente tomates, pepino y ajíes. No todo se ha recuperado. Persisten carencias, estructuras por reparar y desafíos que acompañan cada jornada de trabajo. Pero la tierra volvió a producir. Y para quienes viven de ella, ese es quizás el indicador más claro de que la recuperación avanza.

Tras Melissa, el campo granmense aprendió otra vez a levantarse. Lo hoz entre perdidas, incertidumbres y largas jornadas de esfuerzo compartido. Porque en una región acostumbrada a enfrentar adversidades, la cosecha más importante no ha sido la de las hortalizas ni la de los granos: ha sido la resiliencia y la esperanza.

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